
Cuatro punto cinco pulgadas: ese es el diámetro de disco que trae casi cualquier esmeriladora chica de las que la gente tiene en casa, y fue el primer dato que se me vino a la cabeza cuando el vecino, el mismo que tiene medio cuarto lleno de cómics y fanzines de superhéroes ordenados por editorial, pero que no sabe agarrar un desarmador, me dejó la suya para que se la reparara. Estaba muda: apretaba el gatillo y no pasaba nada, ni un zumbido, ni una luz. Me contó que un rato antes estaba trabajando normal y que, al moverla un poco de lugar, se apagó de golpe. Ese detalle ya decía bastante: cuando una herramienta deja de prender justo al mover el cuerpo o el cable, la falla casi siempre no está en el motor, sino en algún punto donde el cobre ya se cansó de doblarse.
Antes de tocar cualquier cosa la desconecté del todo —no nada más apagué el interruptor de pared, saqué la clavija del contacto—. En mantenimiento eléctrico casero esa es la regla que no negocio: con 127V, que es el voltaje estándar en una casa mexicana, un descuido de medio segundo te puede dar un buen susto, y si el disco alcanza a girar mientras tienes los dedos cerca del centro, el susto es peor. Esta reparación entra de lleno en lo que considero bricolaje seguro dentro de la reparación de herramientas de la casa: nada de improvisar con el aparato conectado, ni de confiar en que el interruptor solo ya corta la corriente.
Cable o interruptor: cómo distinguir
Lo primero que hago, antes de desarmar nada, es descartar lo obvio: probé la esmeriladora en otro contacto de la pared, por si el problema estaba en la instalación de la casa y no en la herramienta. Seguía muerta. Ahí saqué el multímetro y lo puse en modo de continuidad —ese que suena un bip cuando las dos puntas cierran el circuito—, con una punta en una pata de la clavija y la otra donde el cable entra a la carcasa. Si no tienes práctica con esto, vale la pena leer sobre cómo usar un multímetro digital para principiantes en reparaciones caseras, porque ahorra horas de estar adivinando. Sin bip, ya sé que el camino de la corriente está cortado en algún punto de ese cable. Es la misma prueba de continuidad que uso en el termostato de un refrigerador que ya no enfría.
Por dentro, el cobre se cansa mucho antes de que el forro se vea mal por fuera —eso ya me ha engañado más de una vez—, así que no basta con mirar el cable de reojo. Antes de sospechar del cable, también me fijo en los carbones del motor —esos bloques de grafito que llevan la corriente al rotor—, porque muy gastados dan síntomas casi idénticos a un cable cortado, el mismo principio que explico en cómo cambiar carbones de un taladro eléctrico que saca chispas al usarlo. Si los carbones se ven bien, regreso al cable sin pensarlo más.
A mí también se me ha ido la mano por actuar antes de diagnosticar bien: una vez, en un carro, rocié limpiador de contactos por todo el tablero pensando que la falla eléctrica venía de ahí, cuando en realidad era nada más un fusible suelto, el tipo de fusible que en un carro protege cada circuito por separado. Fue tiempo perdido que me hubiera ahorrado con un multímetro desde el principio. Por eso ahora, con cualquier aparato, primero mido y después meto las manos.

Abriendo la carcasa: aquí vive el daño real
Para abrir la carcasa normalmente basta un desarmador de cruz: quitas los tornillos de la parte de atrás, cerca del mango, y ahí queda a la vista la conexión del cable con el interruptor. Hace no mucho abrí una de marca reconocida y encontré el protector de plástico de la entrada del cable todo mordido, desgastado de tanto rozar cada vez que alguien movía la máquina —ese es el punto donde más sufre el cable. Al abrir, el olor a polvo de cobre y plástico raspado se hace más fuerte; es normal, es lo que va quedando de tanto movimiento en ese mismo punto. Moví el cable cerca del protector y ahí estaban los hilos de cobre, ya casi degollados de tanto doblarse siempre en el mismo lugar.

Reconectar el cable sin arriesgar nada
Si el cable está roto justo en la entrada, no hace falta comprarlo completo si el resto sigue en buen estado; nada más se corta la parte dañada. Corto unos diez centímetros desde donde entra a la máquina hacia afuera, para quitar de encima toda la sección que estuvo doblándose y que ya trae el cobre cansado. Después pelo con cuidado: quito unos dos o tres centímetros del forro negro exterior y luego las puntas de los dos cables internos, con pinzas pelacables y no con los dientes, que ahí sí te llevas hilos de cobre sin querer. Mucha gente en este paso nada más tuerce los alambres y les pone cinta, y eso en una esmeriladora no aguanta: vibra muchísimo, y con la vibración esas torceduras se aflojan y pueden hacer corto directo dentro de la carcasa. Prefiero terminales de ojo o de espada, según cómo sea el interruptor de cada máquina, y si no tengo terminales a la mano, al menos hago un amarre bien firme y lo cubro con termofit o cinta aislante de la que no se derrite con el primer calentón de la máquina.
El conector del cable viejo suele estar oxidado por dentro, y cuando lo sueltas del interruptor con el alicate raspa feo contra el metal —ese sonido rasposo siempre me dice que ya era hora de cambiarlo. Las terminales sueltas las consigo en un puesto de refacciones eléctricas del Tianguis del Martes en Metepec, que casi siempre tiene variedad suficiente para no quedarme a medias con la reparación. El truco de cortar, pelar y usar terminal es el mismo que uso para resolver un cable pelado en una plancha; lo que cambia es dónde vive la conexión dentro de cada aparato. Y ya que estamos en conexiones: en un estéreo de carro, para no cortar cables directo, se usa un arnés adaptador; aquí no hay ese atajo, hay que entrarle al cable de frente. Si en vez de esmeriladora habláramos de un cautín que no calienta, muchas veces tampoco es el cable, sino una soldadura fría en la punta que nomás no hace buen contacto.

El motor arrancó: qué revisar
Antes de poner todos los tornillos dejo nada más el de la punta y giro el disco con la mano para confirmar que no roza nada por dentro; también me fijo en que ningún cable quede pellizcado bajo un tornillo, porque ahí el tornillo puede perforar el aislante y tocar el vivo, y eso sí es peligroso de verdad. Ya con todo cerrado, conecté la máquina del vecino y apreté el gatillo: el motor respondió de inmediato, parejo, sin ese arrastre raro que delata algo rozando adentro.
Para la cuarta semana de estar metido en esto de reparar aparatos ajenos, ya reconocía esas señales casi sin pensarlas, incluso en otros aparatos: nada más acercando la mano cerca de una resistencia puedo saber si el calor es el correcto y si el termostato está cortando donde debe, sin necesitar el multímetro para confirmarlo. La confusión de "no es lo que parece" se repite en casi todos los aparatos de la casa: una lavadora que no gira casi siempre apunta a un capacitor de arranque muerto y no al motor; un microondas que prende pero no calienta casi siempre señala al magnetrón; y unas direccionales de moto que no prenden casi siempre son mala conexión a tierra, no un foco fundido. Aprender a no quedarme en el primer sospechoso es, para mí, la mitad del oficio.
Cuando el cable ya no es el problema
Si al abrir la esmeriladora el embobinado —ese amasijo de alambre de cobre enrollado en el motor— se ve negro o huele a barniz quemado, ya no es el cable: el motor se quemó, casi siempre porque lo exigieron de más o se taparon las ventilaciones, y es el mismo chequeo que hago en una lavadora cuando sospecho que el motor se quemó de tanto forzarla con carga desbalanceada. En ese caso, o lo lleva alguien que sepa bobinar motores eléctricos, o de plano conviene ir pensando en una máquina nueva, porque ese arreglo se puede complicar más de lo que vale la pena.
También, si el interruptor se siente flojo o ya no hace un clic firme al presionarlo, mejor cámbialo completo: por dentro trae resortes muy delgados que casi nunca quedan bien reparados, y con un disco girando a tantas revoluciones, un interruptor que se queda pegado en la posición de encendido es justo el tipo de falla que no quieres tener en las manos. El interruptor de esta esmeriladora se traba distinto a como se traba, por ejemplo, la cadena de un ventilador de techo, pero la lección es la misma: si un mecanismo ya no hace bien su trabajo, cambiarlo sale más barato que arriesgarte.
Otras fallas se sienten parecido al principio pero no tienen nada que ver con el cable: una caída de tensión por bornes sucios en la batería de un carro, un termostato bimetálico que ya no corta en un hervidor de agua, una resistencia que dejó de calentar el agua en una cafetera, o un flujo de aire bloqueado que hace que una aspiradora deje de succionar. Todas arrancan con la misma queja del dueño: "el aparato no responde", y todas se descartan con el mismo método: continuidad primero, conclusiones después.

Mantenimiento eléctrico para que no se repita
Para que el cable dure, nunca lo enrollo apretado alrededor del cuerpo de la esmeriladora al guardarla —eso es justo lo que termina degollando los hilos internos con el tiempo—; mejor hago vueltas amplias y lo dejo suelto. Si el protector de plástico de la entrada se rompe, le pongo cinta o un refuerzo antes de que el daño llegue al cobre, porque ese protector es lo único que evita que el cable se doble siempre en el mismo punto.
Le devolví la esmeriladora a mi vecino con el gatillo firme y el motor parejo, y él, que sabe más de números de cómics que de amperes, se fue contento sin preguntar mucho más. La lección que me llevo de estos casos, y que aplica para cualquier aparato con cable, es simple: antes de cambiar nada, prueba continuidad primero, porque te ahorra dinero, tiempo y algún susto innecesario. Y respeta la corriente: ya me he llevado más de un toque por confiado, y ninguno valió la pena.